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Hace calor, mucho calor, hay zancudos, hay humedad, sudo sin parar, huele raro, no es un olor malo no es un hedor, pero es una mezcla difícil de identificar: Cerveza, Coca Cola, 'pop-corn', salchichas y pan caliente, mostaza, azúcar derretida, 'pretzels' quemados, tierra y grama mojada...
Mi mamá me quita la camisita que llevo y me pone otra porque ya estoy tan bañado en sudor que goteo, los zancudos me comen vivo y hacen caso omiso al repelente, pero llega un momento en el cual todo lo anterior es secundario. Es mediados de agosto, el termómetro marca más de 100F (40C) y es algún año de la década de los mil novecientos ochenta y aquí huele a Yankee Stadium, ¡estoy en Yankee Stadium!
La gente aúpa a sus ídolos en una mixtura divina de acentos: Dominicanos, puertorriqueños, cubanos, neoyorquinos, sureños estadounidenses y las malas palabras vuelan tanto en español como en inglés. ¡Hasta para eso era mágico este lugar! para enseñar a cómo insultar en inglés y español con una comodidad terrible que angustiaría a cualquier padre o maestra. Por una de esas suertes locas de la vida crecí viendo a los Yankees en la casa del Bronx, en Yankee Stadium. Cada verano el viaje era siempre al mismo lugar, a Nueva York y las diversiones tampoco variaban: Shea y Yankee Stadium. Mi padre, Juan Vené, llegó a esta ciudad y a este ambiente en 1960 y nunca se fue. Logró brillar como periodista, establecerse y darle a sus hijos una infancia y adolescencia soñadas por miles. Aquello de ir al estadio, pasearse por las sillas, fildear con los guantecitos en las prácticas de bateo, gritarle a los peloteros y cualquier otra diversión de estadio, eran cosas rutinarias para mi hermano y para mí. No sabíamos lo que teníamos, desconocíamos el privilegio pero lo disfrutábamos hasta el tuétano. ¡Oh! ¡Cómo lo disfrutábamos! Dave Winfield, Ron Guidry, Reggie Jackson, Rich Gossage, Omar Moreno, Chris Chambliss, Bucky Dent, Don Mattingly, Willie Randolph, Paul O'Neill, Wade Boggs y los más recientes como Bernie Williams y Derek Jeter eran parte de nuestras conversaciones diarias. Mamá, papá y los dos hermanitos analizando cada juego: "¿Pero por qué no tocó la bola Moreno con hombre en primera sin out? ¿a quién se le ocurre no traer a Gossage cuando ya el abridor no tenía nada? ¡A Mattingly no lo pueden sacar del tercer puesto, es el mejor bateador de ese equipo! Quedan los testigos: Fotos, souvenirs, boletos desteñidos, afiches, gorras, batecitos, regalitos de días especiales y más. Yankee Stadium tiene la sagrada culpa de muchas cosas en mi vida. Un alto porcentaje de las razones que me llevaron a hacerme periodista tienen que ver con Yankee Stadium. Aprendí a amar la profesión de mi padre y la atípica relación amorosa suya con mi madre gracias a Yankee Stadium. Aprendí a diseccionar olores en Yankee Stadium y aprendí a interesarme en cosas más importantes que el calor insoportable y los zancudos en Yankee Stadium. También de cierta manera aprendí a amar y a odiar en Yankee Stadium porque al equipo de la casa me tocó verlo en sus mejores y en sus peores. Por eso hoy, cuando el progreso obliga a apagar las luces, no quería irme en blanco. No quería irme a dormir sin compartir una historia cualquiera y quizás muy parecida a otras cuantas. Hoy, cuando con un dejo de impotencia me toca ver el último juego a la distancia, me acompaña un sentimiento de nostalgia parecido al sentido cuando algún amigo se despide porque se va lejos. Ese es el 'feeling', es una sensación de que el gran Yankee Stadium no muere sino que se va a descansar, se retira... Hoy me tomaré un par de copas de mi trago predilecto y pondré el New York New York de Sinatra antes de irme a la cama... "Start spreading the news... I'm leaving today..." Hasta siempre Yankee Stadium... Vamos a ver qué nos trae el hijo que dejas al cruzar la calle, el nuevo hogar de tus Yankees de siempre... Trataré, aunque no puedo prometerte nada, hacer de ese nuevo estadio parte de la vida de los míos, como mi padre te hizo parte de la mía. Sin embargo, historias como esta siempre son difíciles repetir.
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